No se puede negar que la semana pasada fue bastante intensa en la política española. Pero lo que se constató, en realidad, fue la imposibilidad de llegar a un acuerdo de investidura en el Congreso de los Diputados. Por sacar algo positivo, a mí me permite, ahora, sacar a colación lo sucedido en la ciudad italiana de Viterbo tras la muerte del papa Clemente IV, en 1268. La falta de acuerdo entre los cardenales llevó al periodo de sede vacante más largo en la historia de la Iglesia. Largo de verdad: dos años y nueve meses; desde noviembre de 1268 hasta septiembre de 1271. Vamos, que antes de consensuar un nuevo papa, tres de los electores tuvieron tiempo de morirse también.

El papa Clemente IV y el rey Carlos I de Sicilia en un fresco medieval de Tour Ferraude
Clemente IV y Carlos de Sicilia, fresco de Tour Ferraude (h.1270).
Fotografía de Marianne Casamance en la Wikipedia

Los cardenales se habían reunido en Viterbo porque era allí donde el papa había fallecido. Clemente IV se había retirado, prudentemente, a esta ciudad del Lacio porque las cosas estaban bastante tensas por Roma. Pero ya nunca regresó. Por aquel tiempo, lo habitual era que la elección del nuevo pontífice se efectuase en el lugar en el que había muerto el anterior. Así que hasta allí se desplazaron los cardenales. Bueno, casi todos, porque, a uno de los veinte, todo el asunto le pilló cuando andaba por Francia, y ya no llegó a tiempo de participar (no por lo lejos que estaba sino porque se murió antes de llegar, era uno de esos tres que mencionaba antes).

Dos días después del funeral, a principios de diciembre, los purpurados se empezaron a reunir en el Duomo de la ciudad, la catedral de san Lorenzo. En teoría, era el Espíritu Santo el que inspiraba a los cardenales para elegir al que estaba mejor capacitado para sentarse en el trono de san Pedro. En teoría. Como suele ocurrir, lo que primaba de verdad eran los intereses políticos y económicos. El colegio cardenalicio estaba profundamente dividida en dos grandes facciones. Por un lado estaban los cardenales franceses, afines Carlos d’Anjou, rey de Nápoles y Sicilia y hermano del rey de Francia; por otro, los cardenales italianos, hartos de las ingerencias francesas en la península itálica, que trataban de sumar a su causa a los pocos electores de otras nacionalidades. Estos últimos se identificaban también con los gibelinos, partidarios del Sacro Imperio. Pero, al mismo tiempo, en este segundo grupo había también disensión entre los cardenales romanos, que se debían a las poderosas familias disputaban el poder de la ciudad, como la Orsini y la Annibaldi. De hecho, los Orsini se terminaron pasando al bando de los franceses.

interior de la catedral de san Lorenzo de Viterbo, donde los cardenales se reunían en cónclave
Interior del Duomo de Viterbo.
Fotografía de Sailco en la Wikipedia

Viviendo a cuerpo de rey

Las primeras reuniones dejaron claro que ponerse de acuerdo no iba a ser tarea fácil. Pasaban los días, se sucedían las propuestas y se negociaba intensamente, pero ninguna candidatura alcanzaba la mayoría de dos tercios necesaria para validar una elección, tal como se había establecido en el III Concilio de Letrán (1179). Así estuvieron durante semanas, y luego meses. No parecía que los cardenales tuviesen prisa; al principio se reunían una vez al día, discutían, votaban y regresaban a sus aposentos. Con el tiempo, las reuniones se fueron espaciando. La vida allí era apacible y disfrutaban de las mismas comodidades que en sus villas y palacios: dormían en cómodos lechos, comían bien, los atendían sus sirvientes… Tampoco estaban incomunicados con el exterior: salían y entraban del recinto como les daba la gana y hablaban con quienes querían.
Los ciudadanos de Viterbo empezaban a estar hasta las narices. No solo ellos; el resto de la cristiandad también se estaba hartando de esperar, y a la ciudad empezaron a llegar misivas muy duras de distintos monarcas europeos, que los apremiaban a tomar una decisión (que les favoreciese, por supuesto). El propio Carlos d’Anjou se estableció en la ciudad, y san Buenaventura, general de los franciscanos, y Benizi de Damiani, el de los servitas, también se acercaron a la ciudad para presionar.

Cónclave de cardenales. Colegio cardenalicio en una miniatura medieval
Colegio cardenalicio, en una miniatura.
MS Reg.lat.697, Bibliotheca Apostolica Vaticana

Comienza el verdadero cónclave

El descontento y la impaciencia de las primeras semanas se fue transformando, poco a poco, en agresividad. A finales de 1969, los magistrados de la ciudad, hartos de que la comuna tuviese que mantener a sus eminencias y a sus séquitos, decidieron intervenir. Para tratar de acelerar el proceso, mandaron trasladar a los purpurados al palacio episcopal, aquel en el que se había alojado Clemente IV, y encerrarlos bajo llave. Allí se quedarían, incomunicados, hasta que eligieran al nuevo papa. A partir de entonces sí se podía decir que los cardenales se encontraban en un cónclave (del latín cum clavis, ‘bajo llave’). Como no hubo resultados inmediatos, con la llegada del nuevo año decidieron aumentar la presión y les racionaron los alimentos. Hay fuentes que apuntan que se tomó esta medida por consejo de san Buenaventura, y alguna que el instigador fue Carlos d’Anjou. Ya en 1216, los habitantes de Peruggia habían tomado la iniciativa de encerrar bajo llave a los cardenales para que se dieran prisa en elegir al sucesor de Inocencio III.

Ni aun así lograron que llegasen a un acuerdo. El último acto, en ese sentido, fue desmantelar, la techumbre de la sala en la que se reunían, en junio de 1270, para que los cardenales sufriesen las inclemencias del tiempo. Supuestamente lo hicieron en base a un comentario jocoso de uno de ellos, que dijo que deberían quitarles el techo para que les llegase mejor el Espíritu Santo.

Palacio papal de Viterbo, donde encerraron el cánclave de cardenales
Palacio papal de viterbo.
Fotografía de Carcla81 en la Wikipedia

La situación se volvió bastante dura para los enclaustrados. La vida en condiciones insalubres, expuestos a los elementos y con una dieta a base de pan y agua les empezó a pasar factura. Uno de los cardenales más ancianos enfermó de gravedad y tuvieron que escribir una carta a las autoridades de Viterbo para que le permitieran salir de allí y pudiera ser atendido. No sirvió de mucho porque falleció poco después. Y aún caería otro más durante aquel encierro.

Y, sin embargo, ninguno cedía; unos y otros seguían entorpeciendo las candidaturas de sus oponentes. Al final, al rey de Francia se le agotó la paciencia y, en la primavera de 1271, se presentó en la ciudad Felipe III en persona.

Fue necesario tener dos reyes encima para que los cardenales empezasen a ceder a la presión. Tomaron una decidieron inédita hasta el momento: formar una comisión de seis cardenales, tres de cada facción, para que eligiesen por todos. Lo sorprendente es que esta comisión tardó solo un día en sus deliberaciones. El 1 de septiembre se designó como papa a alguien de fuera del colegio cardenalicio: Teobaldo Visconti, que era italiano pero no pertenecía a ninguna de las dos facciones. En realidad, se trataba de un diácono que todavía no había sido ordenado sacerdote. Eso sí, tenía una amplia experiencia diplomática, y en aquellos momentos estaba en Tierra Santa como legado papal para la Novena Cruzada. Fue este el primer ejemplo de una elección papal por «compromiso», por un grupo de cardenales que representaba al resto.

Teobaldo Visconti, el papa Gregorio X, en la serie Marco Polo
Teobaldo Visconti como papa Gregorio X.
Fotograma de la serie Marco Polo, de Netflix. Recuperado de Bustle

Visconti tardó seis meses en llegar a Viterbo, y allí fue ordenado sacerdote y consagrado obispo de Roma. Tomó el nombre de Gregorio X, pero quiso ser coronado en Roma.

Aquellos tres años fueron traumáticos para la Iglesia. Para que no se volviese a repetir una situación semejante, en el Concilio de Lyon II (1274), Gregorio X promulgó la constitución apostólica Ubi periculum, que fijaba las reglas de las elecciones papales. Se basaba, en gran medida, en los procedimientos que se habían llevado a cabo en Viterbo: los cardenales quedarían recluidos en un recinto cerrado; no se les permitirían las habitaciones individuales ni disponer de más de un sirviente que les atendiera, salvo caso de enfermedad; la comida se les debía suministrar por un ventanuco y, a partir del tercer día de cónclave, el suministro quedaría reducido a una sola comida al día. A los cinco días el régimen se reducía a pan y agua. Además, mientras durase el cónclave los cardenales dejaban de percibir sus rentas eclesiásticas, que pasarían a ser propiedad de la Iglesia. Seguramente esta última medida fuese la que les hiciera más «pupa» .

concilio medieval de Clermont
Concilio medieval (Clermont). Miniatura Jean Colombe.
Dominio público. Wikipedia

Fuentes

ÁLVAREZ, Jorge: «Cuando el cónclave de cardenales tardó casi tres años en elegir Papa les quitaron el techo de la sala donde deliberaban encerrados», en La brújula Verde.
-BAUMGARTNER, F: Behind Locked Doors: A History of the Papal Elections, Palgrave MacMillan, Nueva York, 2003
«El cónclave más largo de la historia», en Catalunya Vanguardista
-LABOA, Juan María: Historia de los papas, La esfera de los libros, Madrid, 2013
-SANZ, Javier: De lo humano y lo divino, Oberon, Madrid, 2013

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