La comarca navarra del valle del Roncal se encuentra enclavado en plena cordillera pirenaica. Separado de Francia por un macizo que ronda los dos mil metros, el territorio posee un carácter cultural propio que ha mantenido vivos multitud de usos y costumbres ancestrales. La tradición ganadera del valle ha sido siempre de lo más importante. Los rebaños de ovejas lachas han provisto a sus habitantes de buena lana y leche —el queso de oveja del Roncal fue el primero en tener denominación de origen en España—, y por eso se han cuidado de proteger muy bien los pastos y las fuentes a lo largo de la historia. Porque, si por algo destaca la comarca del Roncal es por la cantidad de fueros, derechos antiquísimos, exenciones, y franquicias de los que disfruta, y un buen puñado de ellos se refieren a la ganadería y el pastoreo. Es en este contexto, a caballo entre la tradición y el derecho, donde se inscribe el célebre Tributo de las Tres Vacas, un evento que se celebra cada 13 de julio entre los habitantes del valle del Roncal y los del valle galo de Baretous. En un ambiente festivo, se cumple con las disposiciones del que se considera el más antiguo de los tratados de paz internacionales europeos. Y se entregan tres vacas para mantener la paz.

Firma de las actas durante el tributo de las tres vacas
Firma de las actas sobre el mojón 262, la Piedra de san Martín
Fotografía de Alfonso Bermejo Garcia, recuperada de Tradicionesyfiestas.com

El acto se celebra en el puerto de montaña de Hernaz, frente a la Piedra de San Martín, un mojón fronterizo que data de 1858, pero que sustituyó a otro de tiempo inmemorial. Es una ceremonia que mantiene la esencia de antaño. Representantes de los valles de Baretous y del Roncal acuden con trajes tradicionales. Un pregonero de la autoridad roncalesa insta a que pidan justicia aquellos que tengan que reclamarla, y luego se lee el acta del tratado de 1375 por el que los habitantes del valle de Baretous deben entregar a los del Roncal las tres vacas cada año. Los de Baretous deben repetir tres veces que están de acuerdo con cumplir el trato. A continuación, las autoridades de ambos lados ponen sus manos sobre el mojón, alternativamente, una encima de otra, y exclaman tres veces: «¡pax avant, pax avant, pax avant!» (paz en adelante). De este modo se renueva el compromiso de paz. Es entonces cuando los baretoneses entregan a los del Roncal las tres vacas, que son examinadas para asegurar que se cumple con los requisitos del pacto. Con esta entrega, también se les concede a los franceses el derecho de aprovechar los pastos navarros. Por último, se procede al nombramiento anual de los guardas encargados de custodiar los límites y de mantener el orden de los pastos, tras el que estos hacen un solemne juramento. Y la ceremonia termina con una gran comida de hermanamiento con productos típicos que ha traído cada una de las partes.

La entrega de las tres vacas es la disposición más llamativa de la sentencia arbitraria de 1375 que puso fin a un sangriento enfrentamiento entre los habitantes de los dos valles. Aunque existe la posibilidad de que la entrega de las vacas fuese una tradición todavía más antigua, y que las disputas hubieran tenido que ver con la interrupción de la misma.

Sangre en los valles pirenaicos

En el siglo XIV, el valle del Roncal pertenecía al reino de Navarra, y el de Baretous, al vizcondado de Bearns, gobernado por aquel entonces por la casa de Foix como un territorio virtualmente independiente. En 1372, un tal Pierre Sansoler, pastor baretonés de la comuna de Arette, tuvo una pelea con Pedro Karrika, un pastor de la localidad roncalesa de Isaba. La causa del altercado fue el aprovechamiento de los pastos y de la fuente de agua de Pescamón, que estaban situados en la vertiente navarra del monte Arlás. Pero los ánimos se calentaron de tal manera que Karrika terminó matando a Sansoler.

Este crimen fue el inicio de una serie de venganzas y ajustes de cuentas entre familiares y amigos, que fue salpicando a los habitantes de las dos localidades. Un primo de Sansoler, un tal Anginar, se juntó con unos amigos para vengar a su pariente pero, como no pudo encontrar a Karrika, mató a su mujer embarazada. Furibundo, Karrika se presentó con una cuadrilla de sus vecinos en la casa de Anginar, y lo mató a él y a sus amigos, aunque respetaron a su mujer y a su hijo pequeño. Descubiertos, el grupo fue emboscado a su vuelta por una banda de vecinos de Arette, que dejaron allí dos docenas de navarros muertos.

La escalada de violencia recíproca no cesó, y la noticia de aquellos enfrentamientos empezó a incluir elementos legendarios. Se hablaba, por ejemplo, de un supuesto agote —una minoría maldita— que capitaneaba a los de Baretous; un individuo enorme y feroz que tenía cuatro orejas. Aquella pequeña guerra alcanzó su punto culminante en la batalla de Aguincea de 1373. La contienda tuvo lugar en lo alto del puerto de Hernaz, y da cuenta de su magnitud la cantidad de víctimas que dejó: 53 roncaleses y 200 bearneses. Porque hasta allí acudió gente de los diversos pueblos de los valles; estaba en juego el derecho sobre los pastos y el agua. Del lado navarro, lucharon vecinos de los pueblos de Isaba, Uztarroz, Urzainki y Garde.

La sentencia arbitraria de 1375 y el tributo de las tres vacas

Ante el cariz que había tomado el asunto, el rey navarro, Carlos II, y Gastón de Foix, el vizconde de Bearn, buscaron urgentemente algún tipo de acuerdo que terminase con las hostilidades. Ambos convinieron en que lo mejor era poner el asunto en manos de terceros, y que ambas comarcas se sometiesen al arbitraje de algún mediador. Para cumplir con esa labor, se terminó eligiendo a la villa aragonesa de Ansó. Ansó era cabecera de un valle pirenaico vecino de los otros dos, sus habitantes eran conocedores de los usos y costumbres de los Pirineos y, como pertenecían a la Corona de Aragón, se les suponía neutrales.

El 12 de agosto de 1375, se reunieron en aquella villa los procuradores de los concejos roncaleses y los «hombres buenos» de Bearn. Sancho García, alcalde de Ansó, y cinco de los vecinos, ejercieron como jueces en representación de de su villa. Para mayor neutralidad, se solicitó la participación de representantes del valle de Sola, situado en Francia, y la ayuda de dos obispos por cada lado.

El arbitraje tuvo lugar en la iglesia de San Pedro. Durante tres semanas, los jueces escucharon allí a los testigos de una y otra parte y examinaron los documentos que habían llevado para defender su posición. Tras estudiar bien el caso, los jueces dictaminaron que la fuente estaba en territorio del Roncal, así que los habitantes de Baretous debían indemnizar a los roncaleses. Se determinó el pago perpetuo de tres vacas. De ellas, dos serían para la villa de Isaba y la tercera para Uztárroz, Urzainqui y Garde, por turno anual. A cambio, se reguló el acceso de los baretoneses a los pastos y a la fuente. Y, muy importante, se debía aceptar la sangre derramada para evitar continuar con las venganzas.

En cuanto a las vacas, quedó perfectamente establecido cómo debían ser estas: animales de dos años de edad, sin mácula (sin ningún defecto), tres ejemplares de idéntico pelaje, astaje y dentaje. Debían entregarse a la gente del roncal frente a la piedra de san Martín, y así se ha hecho casi ininterrumpidamente durante los últimos 650 años.

Fuentes
-VOLTER BOU, Pedro: Rarezas y curiosidades de la historia de España, Flor del Viento, Barcelona, 2001
-GARCÍA DEL JUNCO, Francisco: Eso no estaba en mi libro de historia de España, Books4Pocket, Córdoba, 2017
Izagirre, Ander: «Tres vacas para la paz eterna» en Yorokobu

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