Los voluntarios irlandeses de Franco

Es bastante conocida la participación de voluntarios extranjeros a favor de la República durante la Guerra Civil. Gente que acudía a España para luchar contra el fascismo que amenazaba Europa. Formaron las famosas Brigadas Internacionales, que pelearon con tanto ahínco en la defensa de Madrid.

Pero el bando sublevado también tuvo sus voluntarios. Muy pocos en comparación, alrededor de 1500; pero haberlos, los hubo. Estos venían a España, en general, para luchar contra los comunistas y para defender el catolicismo (recibían bendiciones del papa Pío XI, aunque de tapadillo). No meto en el saco las tropas enviadas por Alemania e Italia porque, tanto la Legión Cóndor como el Corpo Truppe Volontarie, estaban formados por soldados regulares de sus ejércitos. A Hitler le sirvió para ir entrenando a sus tropas; a los italianos les dieron para el pelo en Guadalajara, así que también se entrenaron para la que les iba a caer después en Libia o en Grecia. Pero, de tropas voluntarias, nada. Tampoco los soldados portugueses, los «viriatos» que Franco vendió como voluntarios, y que eran, en realidad, soldados pagados por Portugal.

General O'Duffy con el uniforme de la Brigada Irlandesa
El general Eoin O’Duffy, el responsable de la creación de la Brigada Irlandesa, con el uniforme de la unidad. Recuperado de The Irish Story

Como voluntarios de los de verdad podemos contar a unos centenares de rusos «blancos», que seguían luchando contra los bolcheviques fuera de la URSS (lo volverían a hacer en Finlandia unos años más tarde), a un destacamento de unos 300 franceses, el Batallón Jean d’Arc, formado por miembros de partidos de extrema derecha, a otros ultraderechistas y antisemitas de Europa del Este, y a los integrantes de la Brigada Irlandesa, el más numeroso.

Esta Brigada Irlandesa alcanzó bastante fama entre los franquistas, aunque, hicieron poco en realidad; más bien nada. Estaba formada por cerca de 700 voluntarios irlandeses bajo el mando del general Eoin O’Duffy. Este tipo era un dirigente fascista que había sido miembro destacado del Ejército Republicano Irlandés (o IRA) en la guerra de independencia irlandesa, y después jefe de la policía del país hasta 1933. Tras ser destituido de su cargo (se le acusó de conspirar para un golpe de Estado), se convirtió en el líder de distintos partidos y movimiento fascistas, como los blueshirt, ilegalizados después de intentar hacer una marcha sobre Dublín al más puro estilo del Duce, o el National Corporate Party, cuyo grupo oficial de matones eran los «camisas verdes». Había llegado a liderar el Fine Gael, un partido conservador, pero lo abandonó cuando vio que no era admitida su deriva hacia la extrema derecha. A pesar de que estos grupos fascistoides eran bastante marginales, él se llegó a autoproclamar «el tercer hombre más importante de Europa», justo por detrás de sus admirados Hitler y Mussolini. Lo que nos hace una idea de su megalomanía galopante. Para cuando estalló el conflicto en España, es posible que estuviese ya planeando la manera de usurpar el poder. Y la formación de esta brigada obedecería a un intento por cubrirse de gloria y ganar la suficiente importancia política en Irlanda como para fomentar el ascenso del fascismo.

Camisas azules irlandeses
O’Duffy pasa revista a unos blueshirts en 1933. Imagen recuperada de elblogdemiguelfernandez.wordpress.com

Cuando se inició la guerra civil española, la opinión pública irlandesa, profundamente católica, y la mayor parte de la prensa se posicionaron más del lado de Franco que del Gobierno legítimo de la República. Fue un aristócrata carlista el que contactó con O’Duffy y le sugirió la idea de formar una brigada de voluntarios. Y este, ni corto ni perezoso, viajó hasta España a principios de otoño de 1936 para presentar su oferta a los generales Mola y Franco. La respuesta fue muy favorable. Pasados los primeros meses desde el estallido de la guerra, a Franco le interesaba esta participación de irlandeses ultracatólicos para asegurarse el apoyo de los grupos carlistas y consolidar su situación. Sin embargo, para finales de año ya tenía ese apoyo asegurado, por lo que, a partir de entonces ya no mostraría especial interés por estos voluntarios.

Eoin O’Duffy afirmó haber recibido 7000 solicitudes para unirse a su causa pero, al final, solo salieron rumbo a España esos 700. La mayoría eran jóvenes de zonas rurales de la región de Munster, al suroeste del país, áreas bastante conservadoras. Al menos un tercio había formado parte del IRA durante la reciente guerra de independencia y tenía algo de experiencia militar. También se contaba, entre ellos, hasta un centenar de menores. Pero Eoin se empeñaba en recalcar que se trataba de respetables trabajadores de todo tipo de oficios, no de aventureros; seguramente una referencia velada a los que se unían a las Brigadas Internacionales. Como es lógico, esta gente sabía poco de España: que siempre había sido un país católico, como el suyo, que en el pasado también se habían enfrentado a los ingleses, y que ahora estaba llena de comunistas y de ateos que olían a azufre. Desconocían la compleja situación real del país al que se dirigían; por ejemplo, que había zonas en las que los soldados republicanos eran fervientes católicos, o que moros musulmanes luchaban del lado de Franco. No se imaginaban en qué avispero se metían.

Brigada Irlandesa de Franco
Voluntarios de la Brigada Irlandesa procedentes de la ciudad de Sligo. Fotografía recuperada de la web https://elblogdemiguelfernandez.wordpress.com

En defensa de la religión

Manifestación católica a favor de los sublevados en España
Manifestación del Frente Cristiano Irlandés a favor de Franco en Cork. Recuperado de The Iris Story

Pero hay que reconocer que los voluntarios que se movilizaron lo hicieron a pesar de la oposición de su Gobierno. En línea con los acuerdos de no intervención, el ejecutivo tuvo que convocar al Parlamento de urgencia para promulgar una ley que multara con 500 libras a quienes participaran en el conflicto. Sin embargo, los voluntarios contaban con el apoyo de otra institución igual de poderosa: la Iglesia de Irlanda. Hasta las tierras de Hibernia habían llegado reportajes de prensa que mostraban la sangrienta persecución religiosa en la zona de los «rojos». Miles de monjes y sacerdotes estaban siendo asesinados, y todos estos hombres deseaban participar en esa «cruzada» que cardenales y obispos apoyaban públicamente desde el púlpito. MacRory, cardenal primado de Irlanda, expresó que ya no había «lugar para las dudas de lo que está en juego en el conflicto español: es una cuestión de si España permanecerá como siempre ha sido, una tierra cristiana y católica, o se volverá un país ateo y bolchevique». Y, en Nueva York, el cardenal Hayes denunciaba a «los enemigos sanguinarios y diabólicos de Dios y de su Iglesia». La Iglesia Irlandesa también se ocupó de recaudar fondos para la causa de los sublevados, tanto en Europa como en América. Había que vencer al comunismo; Franco estaba «defendiendo las trincheras de la cristiandad» y cualquiera que apoyase al Gobierno español estaba a favor de la quema de iglesias y el asesinato de sacerdotes.

El deán de la archidiócesis de Cashel dijo: «Han marchado a librar la batalla de la cristiandad contra el comunismo. Cúmulos de dificultades se yerguen frente a los hombres que manda el general O’Duffy y solo los héroes son capaces de combatir en esas condiciones. Quienes han quedado en casa pueden ayudar a la causa con sus oraciones»

Eoin O’Duffy: Cruzada en España, 1938

Así que la mayor parte de los voluntarios no se podrían definir como fascistas; en todo caso, les podía mover más un sentimiento anticomunista. Quienes los lideraban, con O’Duffy a la cabeza, sí que lo eran: antiguos blueshirts o greenshirts cuyos intereses iban más allá de salvar el catolicismo de España. Además, hubo también excepciones, gente que no se movilizó por ideales políticos o religiosos. Como aquel que se alistó voluntario para escapar de las consecuencias legales de un matrimonio bígamo; o el voluntario que se alistó pensando que el sol de España sería muy bueno para su tuberculosis (el muy ingenuo).

Rumbo a España

Los irlandeses comenzaron a partir, rumbo a España, a mediados de noviembre. Un mes antes, el propio Franco había frustrado un primer embarque desde Waterford alegando que la situación internacional lo desaconsejaba, pues la Sociedad de Naciones vigilaba las costas irlandesas. Pero lo más probable era que el futuro dictador temiese que sus adversarios políticos carlistas se sirviesen de estos voluntarios ultracatólicos, así que, para limitar su número, dictaminó que entrasen en España en pequeños grupos y por sus propios medios. Unos 200 de ellos viajaron así, en grupos pequeños, vía Portugal; el contingente más numeroso, de 500 hombres, partió el 6 de diciembre del puerto de Galway. Fueron despedidos por una multitud que les cantó «La fe de nuestros padres» mientras unos sacerdotes los bendecían y les entregaban medallitas milagrosas y libros de oraciones. Este grupo desembarcó en El Ferrol.

Emblema de la Brigada Irlandesa
Emblema de la XV Bandera. Ilustración de Heralder para la Wikipedia

La Brigada Irlandesa recibió instrucción en Cáceres. La ciudad extremeña estaba fuertemente militarizada y servía como centro de instrucción para el ejército nacionalista. Los reclutas fueron instalados en unos pabellones militares habilitados en las afueras, mientras los mandos se alojaron en un hotel del centro. O’Duffy aprovechó el tiempo de adiestramiento de su brigada para recorrer la zona nacional y establecer contactos. Se entrevistó con Millán Astray, Queipo de Llano o el Muftí de Marruecos, entre otros.

El contingente irlandés tenía, en realidad, una función simbólica más que otra cosa. En algún momento, O’Duffy parecía estorbar, incluso, los planes de Franco. Había rechazado, por ejemplo, combatir en el frente del norte por los paralelismos que tenían con los nacionalistas vascos, católicos e independentistas como ellos. No obstante, el propio O’Duffy diría más tarde que los vascos tenían «tanto derecho a la separación de España como los seis condados del Ulster de Irlanda». Es decir, ninguno.

A los voluntarios se los encuadró dentro de la Legión como la XV Bandera, la Bandera Irlandesa, dividida en cuatro compañías. Los únicos españoles de la unidad eran los oficiales de enlace. Los reclutas recibieron uniformes alemanes de la Gran Guerra que, al modo de los carlistas, decoraron con emblemas religiosos: rosarios, imágenes del Agnus Dei y sagrados corazones de Jesús. En las solapas hicieron brillar las arpas célticas, símbolo de su país. Su estandarte consistía en un perro de caza naranja sobre un prado verde. En un principio, los muchachos estuvieron al cargo de instructores germanos, pero pronto la responsabilidad pasó al capitán Manuel Capablanca. Durante su breve acuartelamiento, se les enseñó el uso de ametralladoras ligeras y morteros, aprendieron a lanzar granadas e hicieron prácticas de tiro con los rifles automáticos alemanes que se les había suministrado. Cada varios días, salían al campo de maniobras. No obstante, O’Duffy redujo la eficacia militar de su brigada al nombrar para los puestos de mayor responsabilidad a sus propios seguidores políticos, sin tener en cuenta su experiencia.

Entrenamiento de los brigadistas irlandeses en Cáceres
Brigadistas de instrucción con una ametralladora. Fotografía recuperada de la web https://elblogdemiguelfernandez.wordpress.com

Pronto se hizo patente que la XV Bandera era una tropa especialmente indisciplinada, borracha y pendenciera. La propia prensa irlandesa definió su estancia en Cáceres como una continua camorra tabernaria. Los peores enfrentamientos los tuvieron con las soldados marroquíes, con los que llegaron a acabar a tiro limpio (y homicidio de por medio). Los cacereños habían recibido a los irlandeses con entusiasmo y grandes honores, y se habían habituado a verlos desfilar a misa los domingos y a que su banda de gaiteros participase en fiestas y procesiones, pero seguramente se sintió aliviada cuando por fin los movilizaron en febrero de 1937.

Bautismo de fuego

Efectivamente, el 17 de ese mes fueron enviados al frente del Jarama para formar parte del flanco derecho, en Ciempozuelos. Pero su aventura resultaría rocambolesca. Desde el mismo viaje en tren, que duró veintiséis horas en lugar de las cinco de un viaje normal. Y eso que, poco después de comenzar el viaje, al tren alcanzó tal velocidad que los voluntarios pensaron que iban a descarrilar. Para pegar, luego, un frenazo repentino que casi los tiró a todos al suelo. Tras ser desviados a un apeadero, corrió la voz de que el maquinista era un agente republicano que intentaba boicotear el convoy, pero lo habían atrapado cuando trataba de escapar. De todos modos, no hubo ninguna confirmación oficial, por lo que todo pudo deberse, simplemente, a un maquinista ebrio o incompetente. Debido a este incidente, llegaron ya con bastante retraso a Plasencia, y allí tuvieron que esperar otro montón de horas porque acababan de sufrir un bombardeo y había que reparar las vías. Como remate del viaje, cuando llegaron a la estación de Torrejón de Velasco, no había nadie esperándolos allí para guiarlos a Valdemoro. Solo con la ayuda de un niño pudieron encontrar finalmente el camino. Cuando llegaron de madrugada a los cuarteles, exhaustos, ya no quedaba comida para ellos. Solo les dieron café. Por lo menos, pudieron descansar hasta el día siguiente.

A media mañana, reanudaron su marcha hacia Ciempozuelos. Su posición estaba en la línea del frente. Era 19 de febrero, un momento de calma en la batalla del Jarama, justo cuando las tropas republicanas se reagrupaban para una contraofensiva. Ese día, sin haber llegado ni siquiera a su destino, la Brigada Irlandesa entró en combate por primera vez ¡contra su propio ejército! Ese fue su bautismo de fuego: un largo intercambio de disparos con una unidad de falangistas canarios. Mientras avanzaban campo a través, los de O’Duffy habían avistado una fuerza que avanzaba hacia ellos. Tras unos instantes de duda, los identificaron como amigos y los oficiales salieron a recibirlos. Aguardaron unos minutos a que se acercase el que parecía estar al mando y, cuando estuvo a unos diez metros, el oficial de enlace español le saludó: «¡Bandera irlandesa del tercio!». Como respuesta, el otro sacó su revolver y disparó. Y se lió parda. Porque los falangistas los habían tomado por voluntarios republicanos de las Brigadas Internacionales. La XV Bandera aguantó su posición durante una hora larga que duró el intercambio de disparos, y al final puso en fuga a sus adversarios. Pero el episodio se saldó con la muerte del teniente Bové, el oficial de enlace, del sargento Calvo, y de dos irlandeses, el teniente Hyde y el legionario Chute. Eran los dos primeros caídos de la brigada. Luego se supo que los canarios eran unos recién llegados, como ellos. Cuando, más tarde, se llevó a cabo una investigación de los hechos, se cargó toda la responsabilidad sobre la unidad de falangistas.

Los voluntarios llegaron a Ciempozuelos unas horas más tarde. En el momento en el que se internaban en la villa, sufrieron un breve bombardeo que dejó unos cuantos heridos leves por la metralla. Finalmente, la brigada se atrincheró en la estación de ferrocarril, a las afueras del pueblo. La línea del frente que les tocaba se extendía, más o menos, a lo largo de la ribera del río Jarama, desde San Martín de la Vega, al norte, hasta Aranjuez, al sur. Por allí pasaba el ferrocarril que unía Madrid con el sur. Justo frente a ellos, al otro lado del río, se encontraba Titulcia, baluarte republicano, y un poco más al este, a unos 15 km, la base enemiga de Chinchón. Su misión principal era proteger y controlar toda esa área.

Establecido su cuartel general, lo primero que hicieron fue retirar los numerosos cadáveres que aún yacían en las calles de una reciente batalla. Los irlandeses quedaron sobrecogidos por la gran cantidad de muertos y la ruina del lugar. Les impresionó, especialmente, encontrarse profanados todos los conventos y las iglesias. El voluntario Leo McCloskey escribió posteriormente una carta dirigida a los suyos: «Deberíais haber visto las capillas, con los altares demolidos y quemados; los cadáveres de las monjas desperdigados por el suelo. Es horrible. Os haría hervir la sangre».

Miembros de la XV Bandera en el frente de Ciempozuelos. Fotografía recuperada de The Irish Story

Lo siguiente fue reforzar el perímetro con trincheras y parapetos. Establecieron tres líneas de defensa: delantera, secundaria y de retaguardia. Las compañías se rotaban para proteger los emplazamientos, y descansaban uno o dos días a la semana. Una tarea adicional consistía en custodiar unas baterías de artillería alemanas cercanas a la localidad que se dedicaban a bombardear Madrid.

Durante las cuatro semanas que pasaron en Ciempozuelos, los voluntarios tuvieron que hacer frente a varias amenazas. La peor de ella fueron los francotiradores que, aunque no llegaron a matar a nadie, sí que alcanzaron a varios de los muchachos. También había bombardeos periódicos de artillería, pero muy poco efectivos. Provocaron algún susto pero ninguna baja. Les preocupaba más un tren blindado del ejército republicano al que le habían acoplado ametralladoras pesadas y morteros. De vez en cuando, pasaba a lo largo de todo el frente para hostigar la línea de los sublevados. La XV Bandera consiguió neutralizar esta amenaza una noche. Sus expertos en explosivos minaron las vías y lograron volar el convoy mientras estaba pasando.

Por lo demás, los irlandeses debían soportar las duras condiciones de la vida en las trincheras, más penosas de lo habitual porque las lluvias continuas las mantenían medio inundadas la mayor parte del tiempo. Solo la compañía en reserva podía descansar adecuadamente en el pueblo, y era la encargada de cocinar y distribuir la comida entre los demás con un carro de mulas. Eso sí, todos guardaban escrupulosamente los servicios religiosos.

La batalla de Titulcia

Voluntarios de la Brigada Irlandesa en una trinchera de Ciempozuelos. Fotografía perteneciente a la biblioteca de Glucksman. (C) University of Limerick

En el tiempo que estuvieron destinados en el frente, la Brigada Irlandesa solo entró en combate una vez, cuando formó parte de una ofensiva contra el pueblo de Titulcia. En realidad, se trataba de un ataque de distracción para ayudar al avance italiano en Guadalajara; la misión era mantener ocupadas allí a las tropas lealistas para que no reforzasen el norte. El 12 de marzo, se informó a las unidades que al día siguiente iban a asaltar el frente del río. No era una misión fácil, ya que la bandera debía atacar de forma prácticamente autónoma y a campo abierto. Titulcia había sido fortificada y estaba guarnecida con ametralladoras. Y era custodiada por unidades comunistas experimentadas de la 11ª División republicana.

La mañana del 13 amaneció lluviosa. El enemigo se tenía que haber olido algo, seguramente, porque lanzó una fuerte descarga de artillería sobre la localidad y sus alrededores con las primeras luces. En cuanto cesó, las cuatro compañías se reunieron en la plaza junto a un escuadrón de caballería morisca. Mientras desayunaban y se les equipaba para todo el día, los oficiales conocían los planes definitivos del avance.

A una orden, la caballería avanzó al galope hasta el terraplén del ferrocarril y provocaron una nueva descarga de artillería. Los irlandeses los siguieron, a distancia, en formación de combate. Poco después, los moros se aventuraron de nuevo hacia la posición enemiga. Saltaron sobre un canal que surcaba el campo antes del propio río, y se lanzaron hacia el puente que lo cruzaba, la única conexión con el territorio controlado por el enemigo. Pero allí fueron rechazados por un intenso fuego. En su retirada, dejaron el camino sembrado de hombres y caballos muertos.

Algunos de los irlandeses que participaron en la ofensiva de Titulcia. Fotografía recuperada de Columna De-rruti’s

Para empeorar las cosas, se desató una fuerte tormenta. Los irlandeses había sobrepasado el canal y avanzaron lentamente por el lodazal, hacia el río, arrastrando sus pertrechos por el barro. Algunos grupos lograron llegar a la orilla, pero la mayor parte de los hombres quedó prácticamente inmovilizada en tierra de nadie por la artillería enemiga. Tendidos en el suelo, cubiertos por mantas reforzadas para evitar la metralla, aguantaron allí durante horas hasta la caída de la noche. Entonces, empapados por la lluvia y cubiertos de fango, se deslizaron de regreso hasta sus trincheras. Sorprendentemente, el recuento reveló que aquella ofensiva fracasada tan solo había dejado un muerto y nueve heridos, aunque tres de ellos fallecerían en el hospital poco después. En términos de la Guerra Civil eran bajas insignificantes. Los oficiales de enlace españoles se llegaron a preguntar si los irlandeses habían intentado llegar a Titulcia con todas sus fuerzas.

Apenas se había recobrado la bandera, cuando les llegó la orden de volver a marchar sobre Titulcia en la madrugada sigiente. O’Duffy acató aquella orden a regañadientes, pero pronto se dio cuenta de que sus irlandeses, desmoralizados por los acontecimientos de ese día, no estaban dispuestos a volver a luchar. Los oficiales, con el comandante Thomas Cahill a la cabeza, le hicieron saber que se oponían a volver en semejantes condiciones a un combate que, además, se adivinaba estéril. Creían que había sido una suerte haber terminado aquella jornada con tan pocas bajas, pero que otro ataque como ese acabaría en una masacre. Tenían la sospecha de que el punte había sido minado. Los oficiales de enlace españoles instaron a O’Duffy a obedecer sus órdenes, pero los voluntarios se cerraron en banda y se negaron a volver a combatir. El general trató durante toda la noche de obtener apoyo aéreo y asistencia en los flancos para sus soldados. Como no consiguió ninguna de las dos cosas, al final tuvo que humillarse y pedir a su superior que cancelara el ataque.

Antes de dejar Ciempozuelos, un desertor alegró el día a los irlandeses cuando les comentó que sus antiguos camaradas creían que era imposible que la Brigada Irlandesa hubiera sobrevivido al fuego de artillería que les habían lanzado durante el ataque. Sintieron que podían abandonar la plaza con cierto orgullo.

Último destino y disolución de la Brigada Irlandesa

Tras la fallida ofensiva, la Brigada Irlandesa siguió con su rutina de trinchera. Pero la realidad de la guerra empezaba a afectar gravemente la moral de la tropa. Muchos de los voluntarios cayeron enfermos debido al frío y la humedad, a la mala alimentación, la falta de agua potable y a unas pésimas condiciones de higiene. Los soldados carecían de mudas y ropas de recambio, no se les había proporcionado impermeables, y se quejaban de estar invadidos por las ratas, las pulgas y los piojos. Y era cierto: corrían más peligro por las enfermedades que por las balas enemigas.

Por fin, el 23 de marzo de 1937, los irlandeses fueron movilizados de nuevo. La XV Bandera recibió la orden de desplazarse al pequeño pueblo de La Marañosa, a unos quince kilómetros al norte, cerca del Cerro de los Ángeles. Iban a cumplir allí funciones eminentemente defensivas.

La estancia en La Marañosa fue más agradable que en Ciempozuelos. El tiempo empezó a ser soleado y subieron las temperaturas. Además, tenían por vecinos a una unidad de requetés carlistas con los que hicieron buenas migas y compartieron funciones religiosas. En aquel destino, solo tenían que preocuparse por los bombardeos de la aviación republicana, que lo único que provocaban era daños en los edificios. Aparte de eso, tuvieron un pequeño susto cuando un ataque aislado de los republicanos sobrepasó momentáneamente la línea de los carlistas. Pero poco más.

El gran problema es que, para entonces, las luchas internas y la indisciplina habían calado muy hondo en la brigada. Desacostumbrados a la profusión de buen vino que había en España, los irlandeses se emborrachaban con demasiada frecuencia. Abundaban las agresiones y las peleas, e incluso habían llegado a dispararse entre ellos. No era raro encontrarse un buen puñado de legionarios de la XV encerrados en los calabozos. El nuevo general de la Legión, Juan Yagüe, que de por sí detestaba a O’Duffy, deseaba su disolución. Estaba harto de su falta de disciplina, su mala administración y su nula eficiencia militar.

Con el tiempo, los problemas se acumulaban. La tropa comenzó a tener sentimientos negativos hacia sus superiores. Estaban muy molestos por la censura en la correspondencia que había impuesto su general. El propio O’Duffy se había dado a la bebida y, para colmo, su adjunto, el capitán Gunning, desertó en abril y se llevó los pasaportes y los salarios de sus soldados. Así que, cuando terminó el periodo de seis meses por el que se había alistado, en principio, los brigadistas, la mayor parte de ellos votó por volver a casa inmediatamente. O’Duffy se ofreció a retirar su unidad y Franco estuvo de acuerdo.

Noticia del regreso de la Brigada Irlandesa
Noticia en el ABC sobre el regreso de la Brigada Irlandesa

A finales de abril, los irlandeses fueron remplazados por italianos en La Marañosa. La brigada regresó a Cáceres y pasó allí el mes de mayo. Después fue trasladada a Portugal. Solo permanecieron en la ciudad aquellos que habían sido hospitalizados por las heridas de metralla y los que se habían contagiado de tifus, más de un centenar, debido a una epidemia que por aquellas fechas asolaba la propia Cáceres.

A su llegada a Irlanda, a finales de junio de 1937, la Brigada Irlandesa fue recibida con bastante frialdad. Desfilaron por las calles de Dublín frente a unos centenares de curiosos, no los miles de entusiastas que esperaba O’Duffy. Su carrera política había terminado, por supuesto.
Los horrores de la guerra dejaron muy marcados a todos esos muchachos. Sobre todo la furiosa represión de la que fueron testigos, tanto de un lado como del otro: los cadáveres torturados de religiosos con los que se toparon, los fusilamientos sumarios que presenciaron de milicianos y civiles republicanos…

En la actualidad, la guerra civil española no es vista en Irlanda como una cruzada para defender el catolicismo, sino como un conflicto entre el fascismo y la democracia. Los veteranos que participaron en las Brigadas Internacionales se recuerdan ahora como héroes; los mismos que en su momento tuvieron que salir de su país casi de tapadillo por «rojos». La Brigada Irlandesa, entonces mucho más relevante, ha sido olvidada o es recordada como un grupo de partidarios del fascismo. A veces, la historia es verdaderamente caprichosa.

Fuentes
BREEVOR, Antony: La guerra civil española, Planeta, Barcelona, 2011
CASANOVA, Julián: España partida en dos, Crítica, Barcelona, 2014
PRESTON, Paul: La guerra civil española, Debate, Madrid, 2016
SOLER PATRICIO, Pere: Irlanda y la guerra civil española. Nuevas perspectivas de estudio (tesis doctoral), Universitat de Barcèlona, Barcelona, 2013
«IRLANDA CONTRA EL FASCISMO», ABC [Madrid], 8 de julio de 1937
FIGHTING FOR FRANCO,(2009), recuperado de Ireland and the Spanish Civil War

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